Algo que no pasó inadvertido para nadie, en el primer año de gobierno de Sebastián Piñera, fue el uso de las chaquetas rojas con que se presentó el presidente y su equipo de trabajo. Se habló mucho de la falta de formalidad pero poco de estrategia comunicacional. Como en las técnicas militares la estrategia se desarrolla sobre un campo de guerra, una estrategia comunicacional supone un campo simbólico de acción, determinados medios, y determinados fines. Se trata de procedimientos precisos elaborados por la elite intelectual cuyos efectos recaen sobre la construcción misma de la identidad. Tal vez la audacia comunicacional del presidente tenga implicancias simbólicas que aún no han podido ser evaluadas.

El hecho es muy simple, muy concreto: el presidente usa una chaqueta roja. El significado, sin embargo, de dicho significante, pareciera dispersarse. El contexto social en que Sebastián Piñera asumió el poder era desolador. Un terremoto devastador azotó a varias regiones del país. Muy pronto comenzaron campañas de ayuda donde podía leerse el slogan “ponte la camiseta por Chile”. Este “ponerse la camiseta” es muy significativo en términos argumentativos, es una invitación a formar parte de un equipo y tomar la identidad de éste como propia, significa “identifícate y trabaja para tu equipo”. Pero el contexto nacional no era sólamente de pesar; sino también, paradójicamente, de festejo. La selección chilena de futbol, que como es bien sabido usa una camiseta de color rojo, participaba en el mundial de futbol con buenas posibilidades y tras hacer una notable campaña que movió al país entero a un estado de entusiasmo. El contexto era propicio para usar una chaqueta de color rojo. Se sumaba así el gobierno, de inmediato, al éxtasis  colectivo de un país que vivía euforia y dolor.

La posterior tragedia que vivieron los 33 mineros de la mina San José fue el contexto preciso para reforzar aquel compromiso pactado simbólicamente con una chaqueta roja. Sin duda el rescate de los mineros fue meritorio, y la hazaña fue presentada épicamente, como si fuera ésta una gesta nacional. La misión había sido cumplida con éxito. Las chaquetas rojas se presentaban como un equipo cohesionado, eficaz, y con la particular capacidad de movilizar y sensibilizar a todo el país. Los símbolos cumplían así una labor por sí mismos. Las chaquetas rojas, en todo aquel clima de desolación, desastre y euforia deportiva, cobraban una significación de trabajo, esfuerzo y unidad.

Pero algo más pasaba inadvertido, de contrabando. El presidente y sus ministros no son deportistas, son políticos, y en política los colores tienen tradición y significado. El color rojo se usa, en nuestro contexto social, incluso para calificar ideas: éste tiene “ideas rojas”, calificando así una postura abiertamente socialista o comunista. La unión del color rojo con la izquierda política era un pacto simbólico que hasta en los años más duros de persecución y exterminio de la izquierda se mantuvo intacto, ni la violencia lo pudo separar. Ahora el presidente aparece vistiendo una chaqueta de color rojo. Se podría decir que ha osado tomar para sí, aprovechando la circunstancia, el color de sus adversarios políticos; o también, que ha intentado quitarle al color rojo su significado político. El acto mismo pareciera mostrar que ningún fantasma está rondando en Chile. El hecho o bien puede ser una hábil maniobra comunicacional o un feliz acierto inesperado.

Borrar tradiciones, resignificar, construir y destruir identidades, son procesos complejos que difícilmente se logran sin ciertas estrategias ideológico-comunicacionales. Lo que parece claro es que el campo comunicativo de la lucha ideológica es amplio, va más allá de las ideas y los discursos; abarca también una serie de minúsculos hechos que buscan posicionar nuevos significados y desplazar otros: el color rojo, una estrofa del himno nacional, los íconos religiosos, los ídolos deportivos. Es evidente que la retórica política no se hace tan sólo con ideas y palabras, sino también, con simbologías que afectan los sentimientos de la comunidad, y quien mejor sepa tomar parte en la lucha de los signos, sabrá también ganarse el corazón de la gente.


La retórica surgió en la antigua Grecia como contrapartida de la filosofía. Mientras los filósofos emprendían la empresa de la búsqueda de la verdad mediante el método que se denominara más tarde como dialéctica (Aristóteles, Retórica), los sofistas –a quienes se debe la sistematización de las artes de la retórica- postulaban que no había verdad alguna salvo aquella que se puede mostrar y defender en un discurso. Así por ejemplo Gorgias pretende demostrar que “nada existe”:

Si se dice que “algo” es, ese “algo” debe se algo que es, o algo que no es, o una mezcla de ambos. No puede ser algo que no es, porque lo que no es, no es. Pero si lo que es, es “algo” que es, ese algo debe haber comenzado o no. Si no comenzó no es. Entonces tuvo que haber comenzado. Pero ¿qué había antes de que comenzara? La nada. Pero de la nada, nada sale, o sea que debió comenzar a partir de algo. Pero este nuevo “algo”, ¿de dónde surgió? De la nada. Imposible. O sea que si “algo” es, ese algo no puede ser ni lo que es, ni lo que no es, ni una mezcla de ambos. (Nestor Cordero, “La invención de la filosofía”).

El tema principal que Gorgias quiere presentar es el poder del discurso y sus capacidades persuasivas, las cuales conforman el estudio de la retórica. Se opone de este modo a la idea de Parménides de que el discurso persuade por su verdad, más bien, según se puede extraer de la postura de Gorgias, porque el discurso posee la capacidad de crear en él su propio objeto, independientemente de su relación con la realidad.

Esta construcción discursiva de la realidad se conoce actualmente en Análisis del Discurso con el nombre de microuniverso referencial. Esto es, toda producción discursiva crea, en su actividad, un microuniverso en función de determinados fines y de ciertos resultados. Estas construcciones discursivas despliegan toda su fuerza frente a auditorios donde el locutor aspira  a persuadirlos o convencerlos de que hagan algo específico. El microuniverso representado describe generalmente describe generalmente una situación o  un objeto del mundo real o imaginario, y resulta siempre de las decisiones del locutor en cuanto selecciona sólo ciertos elementos  del objeto que quiere mostrar, en función de sus representaciones personales o su conveniencia.

El discurso de Sebatián Piñera, aquí denominado: de la “unidad nacional”, presenta varios elementos a considerar como partes de su microuniverso referencial.

1.- El antagonismo entre Patriotas y Realistas. Evocado desde el lugar material de la producción del discurso y reforzado por las alusiones mismas del discurso al proceso de guerra de independencia.

2.- El antagonismo entre Patriotas y la Confederación Peruano-Boliviana. Esta insinuada más sutilmente hacia al final del discurso, citando a Benjamín Vicuña Mackena, quien arengaba a los soldados “patriotas” que iban a entregar su vida en la Guerra del Pacífico.

3.- Los desinteresados que trabajan en la “unidad nacional” y la “democracia de los acuerdos”. Siguiendo la línea de los esforzados hombres de bien, Piñera y su grupo de trabajo, se presentan como continuadores de las políticas de Patricio Aylwin (en lo cercano), y, en un racconto histórico, de los libertadores de la patria. (Ver nota anterior)

Como todo microuniverso coherente, se despliega en un tiempo donde se renuevan nombres y rostros, pero se mantienen los valores de entrega, abnegación, y sobre todo amor a la patria.

Las alusiones de Piñera a estos distintos elementos que conforman el microuniverso referencial del discurso, se hacen de manera esporádica y alternada, pero si organizan en orden cronológico, como se muestra más arriba, se observa que este microuniverso refiere precisamente a la historia de Chile de un modo bastante particular, donde contradicciones y diferencias están cada vez más atenuadas, hasta desaparecer. El primer antagonismo entre Patriotas y Realistas, supone una división interna, una lucha política de intereses cruzados en el seno del país; es decir se dibuja un contexto donde no existe “unidad nacional” ni mucho menos acuerdos. El segundo antagonismo elimina a los Realistas y presenta una nueva versión de los Patriotas, los cuales tienen su enemigo esta vez fuera de las fronteras de Chile; se muestra aquí ya un panorama de “unidad nacional” en contra de un enemigo común. Ya en la tercera etapa de la evolución social de la vida política (en el microuniverso referencial del discurso) los antagonismos se desdibujan, quedando tan sólo una oposición de buenas intenciones que junto al gobierno trabajan por el bien común de modo desinteresado y abnegado (cual patriotas).

Se trata por consiguiente de un discurso homogeneizador, donde se proyecta un devenir histórico que conlleva  a un actual estado de “unidad”, de “acuerdo”. El discurso de Piñera se desplaza de este modo, subrepticiamente en distintos niveles, desde la incitación a la adhesión política hasta la conformación y el reforzamiento de una identidad nacional mediante una interpretación histórica atravesada por valores como patriotismo y nacionalismo republicano; como además, la abnegación, la entrega, el valor, el actuar desinteresado, etc. Todas aquellas cualidades que caracterizan al hombre de bien.


El pasado 9 de febrero Sebastián Piñera presentó en el Museo Histórico Nacional al equipo que conformará su futuro gabinete de gobierno. Como dicta el protocolo, este comunicado nacional se acompañó de un discurso que no causó tanta polémica como el nombramiento mismo de los ministros, pero que sin embargo vale la pena revisar.

En primer lugar, es importante señalar el lugar en que el discurso tiene lugar: el Museo Histórico Nacional, la importancia de este elemento -que en el discurso de Piñera adquiere dimensiones simbólicas- la hace explicita el propio presidente electo: He escogido este edificio lleno de trascendencia, historia y tradición, para comprometernos con el cambio, el futuro y la esperanza (Piñera: 2010).

El lugar es, de este modo, un escenario discursivo, y como tal, ha sido el lugar de hitos importantes en la historia del estado chileno, en su génesis y formación. El lugar mismo está cargado de historia, está cruzado por la historia. Piñera, al escoger aquel “edificio lleno de trascendencia” se apropia de la historia del lugar para hacerla una historia adecuada a lo que él interpreta como la “unidad nacional” de Chile. Esto es, interpreta: los ideales y sueños por los que lucharon e incluso murieron tantos compatriotas en los albores de nuestra vida independiente (Piñera 2010), como ideales y sueños de quienes trabajan por el bien de un país dejando de lado los intereses personales e incluso entregando la vida por ese bien común. No habría que profundizar mucho para notar que Piñera está interpretando en su discurso el proceso de independencia nacional como un movimiento desinteresado de hombres idealistas amantes de la libertad y el bien común, más que como el resultado del interés propio de la clase dominante chilena la cual vio, ante la falta de regulaciones de impuestos por parte de la corona española, la posibilidad de aumentar los ingresos de sus actividades comerciales, sobre todo con sus pares del Perú.

La interpretación de Piñera queda clara cuando expresa:

Por estos pasillos caminaron los Patriotas que nos enseñaron a amar la libertad, la igualdad, la amistad cívica y la tolerancia pero que, por sobre todo, nos enseñaron a amar a Chile con pasión (Piñera 2010).

Claramente se trata de un reduccionismo histórico que se presenta con toda la validez de las verdades eternas, que tanto han sido útiles en el pasado como son útiles también hoy en día. De este modo, esos valores abstractos e ideales con que el presidente electo enviste a los libertadores de la patria se proyectan sobre él mismo y sobre su equipo de trabajo mediatizados por el espacio, por el escenario discursivo, que tanto los patriotas como los nuevos gobernantes comparten en el devenir del tiempo.

Queremos que este edificio deje de dar cuenta de nuestra historia y se transforme en el lugar desde el cual juntos tomaremos los pinceles y comenzaremos a dibujar el rostro más hermoso del Chile del Bicentenario (Piñera 2010).

El baño de pintura con que se pretende cubrir las diferencias de un país dividido por sus diferencias de clase, políticas y culturales, es claro: el llamado a una “unidad nacional” que se presenta en conjunto a los más nobles ideales de desapego individual y de servicio a la comunidad, que se acompaña de toda una simbología de “amor a la patria” reforzando de este modo un cuadro social donde existen aquellos que trabajan abnegada y desinteresadamente por su país y aquellos quienes o bien no tienen el valor para hacerlo o bien quieren verlo hundido en la miseria. Esta “unidad nacional” -la cual está en sintonía discursiva con aquella “democracia de los acuerdos”- sigue esbozando un ethos discursivo donde Piñera queda “dibujado” como hombre desinteresado y noble, y donde también se configura del mismo modo un ethos discursivo contrario donde quienes no trabajen con él, como consecuencia no estarán trabajando por el bien del país y la colectividad (ver nota anterior: Sebastián Piñera configuración de un ethos discursivo en la llamada “democracia de los acuerdos).  Pareciera incluso evidenciarlo las mismas palabras del presidente:

Durante esta campaña me comprometí a hacer un gobierno de unidad nacional. Ello no supone confundir ni desconocer el importante e insustituible rol que le corresponde al gobierno y a la oposición en una sociedad libre y democrática. Pero sí significa que nunca debemos olvidar que, más allá de nuestras legítimas diferencias, nos une un profundo amor por Chile (Piñera 2010).

El discurso sobre los valores de la patria, desinteresados, nobles y abnegados, se actualizan de este modo en un particular cuadro social donde aquellos que están trabajando por la patria, están trabajando por una “unidad nacional” una “democracia de los acuerdos”, y aquellos que están en contra de la patria (¿los realistas?) son partidarios de una política del pasado, una política de los desacuerdos y que está en función de los intereses propios de los partidos políticos más que del interés nacional. De este modo quienes sientan un “profundo amor por Chile” no van a dudar en formar parte de este cuadro pintado ideológicamente por el nuevo presidente. El traspaso temporal de estos nobles y abstractos valores “patrios” a un presente donde se hace importante trabajar en la “democracia de los acuerdos” se produce concretamente cuando Piñera evoca la figura de Patricio Aylwin:

Hace 20 años, cuando la transición a la Democracia daba sus primeros pasos, el ex Presidente Patricio Aylwin interpretaba el mandato que recibió del pueblo soberano con las siguientes palabras: “Lo que Chile nos pide es conservar lo bueno, corregir lo malo y mejorar lo regular” (Piñera 2010).

Haciendo de este modo un encuadre perfecto, en su entramado discursivo, entre el pasado fundacional del estado de Chile y el presente en que el propio Piñera recibe el gobierno de manos de la Concertación, proyectando una continuidad valórica a través de la historia que se caracteriza por la nobleza, entrega y altruismo por parte de los gobernantes desinteresados “patriotas”, y los forjadores de la patria, los patriotas propiamente tales. Este trascendentalismo histórico llega hasta el paroxismo cuando dice: Quiero que, desde hoy mismo, la épica y la mística que habitan entre estos muros nos acompañen hasta el último día de nuestro mandato (Piñera 2010). Como si los gobiernos fueran una suerte de “casa de los espíritus” donde todos comparten los mismos valores, y como si todos los gobiernos hubiesen llegado al poder con los mismos fines.

Pero la “épica y la mística” no se ha quedado entre los muros del Museo Histórico Nacional, dibujando con los pinceles de la retórica un escenario político entre “patriotas” y “realistas” sino que además se proyecta hacia uno de los episodios más oscuros de la historia del estado chileno, la Guerra del Pacífico. Y de este modo, Sebastián Piñera cierra su discurso de la “unidad nacional” citando ni más ni menos que a Benjamín Vicuña Mackena arengando a los soldados que partían a luchar a Bolivia y el Perú:

Cuando se trata de luchar por la Patria, debemos hacerlo “en medio de mil fatigas, bajo un sol abrasador, entre movedizas arenas, luchando con la soledad, con el sueño y con la muerte” (Piñera 2010).

Se reconfigura de este modo el escenario discursivo entre “patriotas” y “enemigos”. Configurando así un nuevo escenario donde la “unidad nacional” prima sobre el peligro extranjero, una estrategia discursiva usada bastante en la política norteamericana, sobre todo en el periodo Bush. Lo que constituye un peligroso movimiento discursivo, no sólo en cuanto atañe una vez más una mano de pintura en los asuntos de la política chilena, agrupando a todos bajo un mismo ideal de país; sino que además, perfila la posición que un futuro gobierno podría tener con nuestros más cercanos hermanos del norte.


Entorno a la polémica de la llamada “democracia de los acuerdos” el presidente del Partido Socialista, Fulvio Rossi, ha salido al ruedo declarando que:

gobierno de los acuerdos es un poquito eufemismo, porque siempre vamos a dar nuestro acuerdo y nunca vamos a ser obstáculo para aprobar proyectos que busquen el bien común. Hay que entender que cuando Piñera habla de gobierno de acuerdo habla de los temas que a él le interesa que acordemos” (Rossi 2010).

Circunscribiendo de este modo la terminología del nuevo presidente dentro del ámbito de la retórica, llamando directamente a la “democracia de los acuerdos” un eufemismo.

Según el lingüista francés Émile Benveniste , “eufemismo” proviene del griego euphēmein lo que sería “decir palabras de buen augurio”. Hoy en día no posee un carácter mágico y lo entendemos como una expresión hermoseada. Quien ha hablado más específicamente sobre ella ha sido Dumarsais: “es aquella figura por la cual se disfrazan ideas desagradables, enojosas o tristes mediante nombres que no son propios de estas ideas; ellos les sirven como de velo y expresan en apariencia otras más gratas, menos chocantes  o más honestas, según se necesite” (Dumarsais 1988). Así el uso del eufemismo está vinculado a los tabúes de la sociedad, diferenciando Dumarsais dos tipos: los eufemismos de delicadeza y los eufemismos de civilidad. Los primeros por ejemplo, dentro del dominio de la muerte: “ella nos dejó”, “él puso fin a sus días”, o de la sexualidad “hacer el amor”, etc. Los segundos, de carácter político consisten en tratar a los otros con delicadeza en un lenguaje “políticamente correcto”, como decir “gracias” en vez de decir “váyase”, o referir a subalternos sin llamarle “obreros” o “sirvientes” sino “encargados”, “especialistas”, etc.  Sin duda “democracia de los acuerdos” podría clasificar dentro de este grupo, intentando presentar con él un conjunto de intereses divergentes como un conglomerado unido y en la misma dirección. De modo que el eufemismo oculta, separa aquello que se pretende disimular mostrando algo que contrasta de un modo positivo en apariencia: en el caso de “democracia de los acuerdos” diferencias políticas, de clase, étnicas, sexuales, etc.

Por otra parte la expresión “democracia de los acuerdos” puede entenderse como una fórmula. En Análisis del Discurso el término fórmula fue introducido por J. P Feye en 1972 con el fin de describir expresiones como “estado total” y “estado totalitario” en los discurso fascista y nazi entre los años 1920 y 1930 (entre guerras). La formula se caracteriza por su uso masivo y repetido y no deja de causar cierta polémica. Casi siempre es un sintagna nominal, es decir una expresión usada para nombrar algo, y que en el plano de lo ideológico, se usado con anterioridad en un contexto histórico particular. Este último elemento se adapta perfectamente al término “democracia de los acuerdos” acuñado primeramente por Patricio Aylwin para expresar la política de negociación a la cual  el nuevo régimen democrático estaba forzado a mantener con las fuerzas militares.

Al ser la fórmula de carácter metafórico es indeterminada y por lo mismo reformulada constantemente, lo que se evidencia con frases como “con esto quiero decir…”, “lo que verdaderamente expresé fue…” o más concretamente:

“Para tener una verdadera democracia de los acuerdos se necesita de una buena actitud que salga del alma, autentica y verdadera, tanto del Gobierno como de la oposición”. (Piñera 2010)

Lo que abre posibilidades de interpretación en dos direcciones “verdaderas democracias de acuerdo” y “falsas democracias de acuerdo”. En el plano lingüístico se trata de una categorización nominal, esto es, se crea con la fórmula una categoría para referir asuntos de la vida políticay ciudadana, utilizando criterios de selección poco claros y difusos, pero que se cristalizan en la fórmula. Su carácter, por lo mismo, es evidentemente argumentativo.

El polémico término de “democracia de los acuerdos” pareciera compartir propiedades tanto del eufemismo cívico como de la fórmula, situándose en un espacio intermedio entre ambas figuras. Si fuese un eufemismo cívico la expresión necesariamente ocultaría algo (división, desacuerdo, diferencia) y si se tratase de una fórmula, necesariamente debiese nombrar y categorizar algo (una forma de hacer política, un posición, un grupo). Tal vez, la expresión se encuentra a medio camino en lo que se podría denominar una fórmula eufemística.

Pablo Rojas E.


Se distingue, en Análisis del Discurso, con el nombre de ethos discursivo a la imagen que el hablante da de sí mismo en su discurso. Esto es, la imagen que se proyecta con el fin de crear en el público interlocutor una idea precisa de quién está hablando. La configuración de un ethos es, de este modo, una estrategia comunicativa basada en caracterizar al hablante según ciertas cualidades y según ciertos tipos sociales: un padre responsable, un hombre fuerte y de acción, una mujer apasionada, etc. Se trata de aspectos argumentales que están propiamente fuera de la lógica de los argumentos y las refutaciones, se trata de crear cierta imagen que ayude conjuntamente con los aspectos lógicos a que un auditorio acepte una idea o rechace otras, ya que se trata de “un hombre honrado”, “un buen padre de familia”, “un cristiano verdadero” quien está hablando, y por lo mismo, merece mayor credibilidad en desmedro de quienes no son como él. Esto es pues, a grandes rasgos la configuración discursiva de un ethos, algo que en política es, sin duda, indispensable, tanto para defender argumentos propios como para atacar argumentos contrarios.

En la víspera de la asunción del nuevo gobierno de Sebastián Piñera ya se esboza el perfil comunicacional del nuevo presidente, precisamente, mediante la configuración de un ethos discursivo. Este trabajo de presentación pública de Sebastián Piñera se ha comenzado a desarrollar en el contexto de la llamada “democracia de los acuerdos” en la cual se llama a hacer una política que, rememorando el contexto del retorno a la democracia (más concretamente el gobierno de Patricio Aylwin), deje atrás las confrontaciones políticas y ayude al fortalecimiento de la democracia mediante el trabajo conjunto de las diversas fuerzas políticas.

En otra época el presidente Aylwin acogió este llamado y creó la   democracia de los acuerdos. Fue extremadamente fecunda y explicó en buena medida por qué tuvimos una transición ejemplar… normalmente las transiciones que conocemos tienen violencia social y crisis económica, pero nada de eso ocurrió y fue tanto mérito del gobierno como de la oposición y se logró en base a los acuerdos y al diálogo… Hoy queremos una democracia de los acuerdos para transitar de un país subdesarrollado, con muchas desigualdades, a un país desarrollado y sin pobreza, y por eso llamamos a revivir la democracia de los acuerdos” (Piñera: 2010).

En esta rememoración de un contexto político anterior Piñera da sus primeros pasos en la configuración de un ethos discursivo. El procedimiento es claro, el nuevo presidente se muestra como un hombre que 1) sabe tomar lecciones de la historia, 2) es capaz de valorar los logros de sus adversarios políticos, y 3) como alguien que puede saltar las limitaciones políticas y pensar en el bien común más allá de los intereses de su coalición. Pero esta configuración del ethos discursivo del nuevo presidente oculta un procedimiento de limpieza de su imagen pública, o de lo que se denomina, los aspectos prediscursivos del ethos, esto es, el cúmulo de información circundante que prefigura una imagen de Sebastián Piñera como hombre de negocios, oportunista e interesado. Piñera, en una maniobra comunicacional, intenta configurar un nuevo ethos discursivo presentándose como hombre conciliador y desinteresado, constructivo más que confrontacional.

Lo que yo he denominado democracia de los acuerdos de segunda generación tiene un significado concreto, que es entender que somos todos chilenos y que todos queremos el éxito de Chile, y por tanto buscar un camino de diálogo y acuerdo en las grandes tareas de la sociedad” (Piñera: 2010).

Pero la configuración de un ethos discursivo no sólo permite a Piñera borrar o remozar su ethos prediscursivo, presentándose como hombre conciliador y constructivo, también logra configurar un ethos discursivo contrario, esto es, logra crear una idea de sujeto político que no acepta participar en la “política de los acuerdos” prefiriendo mantenerse en una política de las confrontaciones y defendiendo los intereses de su coalición por sobre los intereses nacionales. De este modo, Piñera hábilmente dibuja un perfil de sus adversarios políticos que los muestra, hostiles, poco participativos, confrontacionales y más preocupados de los intereses de su coalición que de los intereses colectivos. Apelando con esto al descrédito de su oposición política, no mediante la refutación lógica de argumentos, sino configurando sobre sí mismo un ethos discursivo que le presente constructivo y conciliador y configurando un ethos discursivo contrario que presenta a sus opositores como confrontacionales e interesados.

Las estrategias comunicativas, en la política chilena, están lejos de centrarse exclusivamente en el plano lógico argumental, la configuración de distintos ethos discursivos en la llamada “democracia de los acuerdos” es una muestra más de los aspectos extra-argumentales del hacer político. Es una muestra tangible de como las luchas por el poder en el campo social encuentran una repercusión no sólo en el plano de las ideas y del debate político, sino además en el de la manipulación de la imagen pública  tanto como de quien habla como de sus demás adversarios políticos.

Pablo Rojas E.

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